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Miel sobre orejuelas

Estoy mono pero veo poco

Estoy mono pero veo poco

Estoy mono pero veo poco, apenas adivino (estoy sin vista, ciego, como si hubiera tomado vino).

Me saco un moco divino y lo pego en su kimono-saco.

Adivino (que no «veo») que un mono le tira un coco.

Fino, el mono que le tiró un coco que no le pegó; no como yo, que le pegué un moco.

Este mono loco, se ve, sabe lo que no sé (y lo sabe porque ve). Está en la lista de los que tienen vista.

Pero usté no se haga la lista sólo porque puede ver la vista.

Primero, porque hasta donde llega la vista se extiende una autopista.

Después, porque, aunque su kimono-saco sea muy mono, le va a durar poco si le pega un moco cualquier loco sin vista.

Y, tercero, porque si se puso un kimono tan mono para que lo vea un loco sin vista que, además, le pega un moco… no parece que usté sea muy lista.

Peor yo, que ni veo al mono ni la veo a usté, ni la toco, ni la ataco…
 
Sólo soy un pajarraco que le pega un moco en el kimono a usté.

¿De qué me sirve estar mono, de qué?

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